La propuesta

Una economía saludable no garantiza la solución de todos los problemas del país, pero es una condición imprescindible para que puedan encararse. Y la economía argentina está enferma. Enferma de estancamiento y enferma de inflación. Los Kirchner recibieron una economía que en el segundo trimestre de 2003 crecía al 11% (tasa anualizada) y con una inflación anualizada del 2%. Hace cuatro años que la economía no crece nada, cero, y la inflación en el período fluctuó entre 25% y casi 40%. Con inflación y estancamiento no aumenta el poder de compra de los salarios, no baja la pobreza, no se crean empleos.

¿Cómo es que, con ese contexto de inflación y estancamiento, se propone la continuidad? Si seguimos con más de lo mismo, tendremos, con suerte, más de lo mismo. Y probablemente algo peor: la economía llega a las elecciones por un camino que conduce al abismo: pérdida persistente de competitividad y de empleo privado, descontrol de emisión y de deudas. Los argentinos sabemos que esto termina mal.

La agenda macroeconómica del próximo gobierno es simple: ir a la normalidad de un país emergente, con crecimiento razonable, estadísticas creíbles, moderación fiscal, metas de inflación, un solo tipo de cambio y un régimen de comercio exterior sin trabas. La Argentina está ante la oportunidad de cambiar su rumbo en la buena dirección. Ojalá sepamos aprovecharla.

 


 

Con indicadores económicos positivos, baja conflictividad social y buenas relaciones internacionales con los países vecinos y el mundo, el período 2003-2007 tuvo un buen balance. Claro que esta bonanza tuvo mucho que ver con el rebote respecto a la crisis de 2001-2002, y con circunstancias externas muy favorables. Lo que se puso en evidencia a partir de 2007 (pero ya se había puesto en marcha desde antes) es que el kirchnerismo privilegió el uso del Estado y el gasto público para consolidar su modelo político, en vez de aprovechar una coyuntura extraordinaria para empujar el país al desarrollo.

Desde la política, el Gobierno creó las condiciones para que la economía se enfriara lentamente, cayera la inversión y se fugaran del país millones de dólares. Así, la ambición de poder, el “vamos por todo”, el asalto a las cajas de la ANSES y al Banco Central alejaron al modelo político del modelo económico. El éxito inicial se diluyó en un modelo político populista y conservador, motivado solo por la perpetuidad en el poder.

Poco a poco apareció la inflación y el país cada mes fue un poco menos barato y menos competitivo, lo que lentificó la inversión. Luego, una vez extinguido el superávit fiscal, el gobierno no cedió en su empeño gastador, para lo que tuvo que atropellar la autonomía del Banco Central.

Después vinieron los controles de cambio, los controles a las importaciones, los permisos para exportar, las trabas para exportar que se sumaron a las retenciones. Toda la economía argentina tiene que pedir permiso para despegar, y el gobierno no le da ese permiso.

 

Basta de inflación

Hoy tenemos la tercera inflación más alta del mundo.

En todo el mundo solo hay dos países que tienen niveles de inflación más altos que el de nuestro país: Venezuela y Sudán. En la región son dos: Venezuela, con casi el 70%, y la Argentina, con casi el 30%. Todos los demás vecinos están por debajo de 10% y la mayoría no llegan a 5%.

Necesitamos un shock antiinflacionario en el que la gente crea, porque, para que funcione, lo primero que se va a necesitar es confianza y, para eso, lo mejor va a ser mostrar los números de verdad. En los primeros dos años del próximo gobierno bajaremos la inflación 15 puntos y al cabo del tercer año estaremos en un dígito, para terminar en 6 puntos.

No es normal vivir con estos niveles de inflación. No es bueno para nadie no saber cuánto van a valer las cosas el mes que viene: ni para el que cobra ni para el que paga. Quien recibe una cotización ya no se asombra de que el precio venga acompañado por la frase: “Validez del presupuesto: cinco días”. ¿Esta es la planificación con la que se puede trabajar en nuestro país?

La inflación se come los salarios, las jubilaciones, las asignaciones familiares, los proyectos y, por sobre todas estas cosas, la capacidad de ahorrar y de planificar el futuro.

No hay Precios Cuidados al final del camino cuando al comienzo está la inflación. La maquinita de hacer billetes está funcionando a pleno porque tenemos que pagar subsidios a quienes no los necesitan, no aceptamos recibir la publicidad que sostendría con creces el Fútbol Para Todos, y de algún lugar tenemos que sacar dinero para pagarles los sueldos a miles de militantes que no están preparados para la función pública; el déficit de Aerolíneas Argentinas; los subsidios inequitativos, como, por ejemplo, los de la energía y el transporte. Es inaceptable que ciertos lugares de la ciudad de Buenos Aires sigan teniendo subsidio al gas y a la luz.

Tenemos que salir del estado inflacionario permanente.  Esta es una prioridad absoluta y como primera instancia, como en todos los ámbitos del Estado, vamos a tener datos confiables en los que podamos basar los diagnósticos oficiales. No se puede combatir lo que no se conoce.

Desde el primer día del próximo gobierno vamos a comenzar a recomponer el INDEC como estaba antes de la intervención en el año 2007, con los funcionarios  que podamos recuperar y, obviamente, con nuevas incorporaciones de gente preparada para que podamos, por fin, aunque sea mucho más doloroso de lo que nos imaginamos, encontrarnos con la verdad. El INDEC va a volver a ser confiable, para nosotros y para todos aquellos que quieran venir a invertir en la Argentina.

Lo segundo es apagar la máquina de fabricar billetes y prender la máquina de generar riquezas. Si hay algo simbólico del gobierno kirchnerista es su amor por la impresión de billetes, con distintos diseños, intenciones a veces non-sanctas pero siempre el mismo fin último: financiar al Estado de la peor manera: generando una inflación de precios que es como un impuesto a todos los que ven sus tenencias monetarias y sus salarios perder valor mes a mes. Para frenar eso, se necesita un cambio institucional. Cambiar un Banco Central que es un cajero del gobierno y que publica hasta el día de hoy cifras falsas de inflación por lo que es el Banco Central en todo el mundo: el garante de la estabilidad macroeconómica (tanto del empleo como de los precios) y de ser el guardián último de los ahorristas que depositan su confianza en el sistema bancario local.

Pero para frenar la inflación alta no alcanza con la política monetaria. El economista Franco Modigliani decía que pretender parar la inflación únicamente con herramientas monetarias es como intentar frenar un auto que avanza a gran velocidad agarrándose de la antena. Un gobierno que quiera bajar la inflación tiene que llegar a un Acuerdo Social de coordinación entre empresarios, trabajadores y el propio Estado. La inflación es como una guerra de todos contra todos en la que los empresarios buscan subir los precios, los trabajadores tratan de recuperar salarios y el Estado debilita el peso porque imprime muchos billetes y porque con la suba del dólar revalúa sus reservas en dólares y la recaudación de retenciones. En esa guerra de precios terminamos perdiendo todos. El Acuerdo Social es un llamado a la coordinación y la paz, que requiere una especial capacidad de diálogo y una vocación por unir diferentes intereses, sabiendo que de ese acuerdo se benefician todos.

Vamos a tratar la lucha cotra la inflación como lo que es: una causa nacional.

 

Ni emisión ni endeudamiento

Por supuesto, al Estado le corresponde además la responsabilidad de no seguir financiando desequilibrios fiscales con emisión monetaria. Para eso, en primer lugar, tiene que empezar a crecer la economía. Si la economía crece, como puede crecer rápidamente removiendo los obstáculos que hoy la traban, los ingresos fiscales aumentan y el desequilibrio se atenúa sin necesidad de ajustes fiscales.

Por supuesto, la eficiencia y la estructura de los gastos pueden mejorarse mucho. Reestructurar los gastos no significa de ninguna manera eliminar gastos sociales ni gastos que tengan que ver con incentivos a la producción. Debemos asumir que gastar por encima de las posibilidades de modo recurrente y no contar con un esquema tributario que pueda respaldar y financiar cabalmente la gestión pública acaba alimentando un proceso inflacionario que disuade del ahorro al ciudadano.

Hay que volver otra vez al superávit, y eso, sabemos, si bien no se hace de un día para otro, necesita señales desde el primer día. Se trata de parar con el nivel de gasto que está teniendo este gobierno, sostenido en parte por la maquinita de hacer dinero, que solo significa darle rienda suelta a la inflación.

Lo que muchos llaman “shock antiinflacionario” creemos que va a comenzar también con un shock de señales de confianza. En el frente fiscal, es importante devolver al Banco Central una auténtica autonomía para quitarles a los gobiernos la fábrica de ilusiones que es la emisión monetaria. Y para garantizar la salud fiscal, creemos que es importante tener una regla de equilibrio fiscal estructural. La Argentina tuvo en el pasado reglas fiscales, pero unas que impulsaban el ajuste. Una regla fiscal razonable es una que da lugar al equilibrio en los años moderados, que permite déficits en los años recesivos y obliga a acumular superávits cuando la economía crece por encima de su tendencia

 

Las finanzas del desarrollo

Lo fiscal y lo monetario son instrumento, pero el fin es otro: lograr que la economía argentina se ponga en marcha con el objetivo claro de convertirse en un país desarrollado en el curso de una generación. Creciendo al 4,5% por persona cada año, el producto de la Argentina se estaría multiplicando por 3 en 25 años: es decir, alcanzando el nivel que hoy tiene Noruega, el país relevante más rico del planeta. Creciendo al 3,5% por persona, en el mismo período la Argentina podría alcanzar el nivel de producto per cápita que hoy tiene Estados Unidos.

¿Es posible? Claro que sí. El desaprovechamiento de oportunidades de la Argentina en todos estos años quiere decir que la velocidad a la que el país puede crecer es enorme: acortando la brecha tecnológica que se agrandó estos años, poniendo en valor recursos naturales y humanos con inversiones que todos estos años estuvieron ausentes.

Creemos en una Argentina integrada al mundo en las finanzas y en el comercio. La Argentina tiene que ir rápidamente a una normalidad en su sistema de cambios y en su régimen de comercio exterior.

La ilegalidad para comprar y vender dólares entre privados es una medida inexplicable, que sólo trae prejuicios: los propios ahorristas argentinos no pueden usar legalmente sus dólares para consumir o para invertir. Inversores extranjeros no hunden su capital aquí si no tienen claro que podrán recoger sus frutos. Permitir la compraventa de pesos por cualquier otra moneda es una medida de una enorme potencia reactivadora. Una manera de describir un plan de gobierno es esta: convertir los dólares ahorrados de los argentinos en máquinas, en infraestructura, en start-ups tecnológicos, en inversiones en general.

El actual retraso cambiario, sumado a las restricciones a exportar e importar, no solo nos hace perder mercados y competitividad sino también nos dificulta la modernización tecnológica con el posterior impacto en el potencial competitivo tanto en el mercado interno como en el externo. Pero es un error pretender corregir un atraso con un salto devaluatorio. El atraso cambiario se podrá combatir en serio si y sólo si hay un combate de frente y sin cuartel a la inflación.

La Argentina tiene que tener un solo tipo de cambio, porque sólo tiene una moneda. En un plazo que depende de la situación recibida, debe haber una unificación cambiaria en un mercado de cambios flotante. El atraso de la paridad oficial y la brecha cambiaria con tipo de cambio libre o paralelo desalientan las inversiones ya que nadie quiere traer fondos a un tipo de cambio diferente del que podría remitir las utilidades. También desalienta a las exportaciones y alienta las importaciones, especialmente a las primeras, que además sufren trabas y retenciones. Lo ideal es volver a un tipo de cambio único y flotante.

Además, ni argentinos ni extranjeros confiarán en un país que mantiene un conflicto con sus acreedores. La Argentina debe normalizar sus relaciones con todos sus acreedores, y no sólo con los que recibieron un fallo favorable de la justicia norteamericana. Pero esa normalización no quiere decir un pago automático: implica entablar una negociación responsable con todos los acreedores en situación irregular.

Felizmente, a los fines de esa negociación, un gobierno de cambio tendrá mucho antes el voto favorable de las finanzas nacionales e internacionales. El arreglo inmediato de las cifras del INDEC, la noción de que el Banco Central no es una caja del gobierno y el sendero de una corrección fiscal con crecimiento y una baja gradual de la inflación cambiarán completamente las condiciones de crédito para el país. Eso no sólo despertará la inversión productiva y el ahorro en el sistema financiero nacional; también permitirá negociar una solución con los acreedores sin la amenaza latente de impedir el refinanciamiento de las deudas contraídas estos años.

La reducción de la tasa de interés es decisiva para la competitividad y el crecimiento de la Argentina: mejora la rentabilidad empresaria sin reducir salarios y estimula la inversión porque proyectos privados y públicos de más largo aliento se vuelven más rentables.

 

Impuestos para el progreso y la equidad

La Argentina hoy no tiene un sistema tributario. Lo que la AFIP nos impone es un sistema de peajes: en la aduana, los llamados derechos de exportación; en los bancos, el impuesto al cheque; y otro en los supermercados, el IVA.

Con pisos desactualizados, topes asfixiantes, varas injustas, actividades sobregravadas y otras absolutamente desgravadas. Todo esto sumado a la falta de inversión en infraestructura y servicios públicos y a la proliferación de casos de corrupción.  La relación de los argentinos con los impuestos no es, por consecuencia, buena. La rebeldía fiscal de los sectores con recursos es una forma insolidaria que se alimenta de la ineficiencia estatal.

Hoy es la inflación y no el crecimiento lo que está definiendo quién paga impuestos en la Argentina.

¿El actual sistema tributario es distorsivo? ¡¿Cómo no va a ser distorsivo un 42% de presión tributaria?! Es casi como el promedio de Europa, sólo que aquí contamos con infraestructuras eléctrica, vial, portuaria y ferroviaria colapsadas y con ciudadanos optando, cada vez más, por servicios privados. Además, esa recaudación impositiva implica tasas mucho mayores, porque la evasión es alta. La tasa impositiva efectiva para producir y trabajar en la Argentina es insoportable.

Otro tema que debe revisarse es la superposición de impuestos entre las distintas provincias, donde queda en evidencia cómo se desvirtuó la idea de federalismo. Somos unitarios sin aprovechar lo bueno que se podría sacar del unitarismo (un plan nacional de educación, de salud, de seguridad; buenas rutas; trenes que recorran todo el país) y somos federales tan extremistas en algunas cuestiones cuando dejamos que cada provincia haga lo que quiera, por ejemplo, en materia de impuestos, incluso cuando lo hacen muy mal. No puede haber provincias como Córdoba, que está cobrando una tasa de combustible, un impuesto encubierto, solamente porque está peleada con el gobierno nacional y entonces debe encontrar otra manera de financiarse. Eso es el federalismo de que cada uno se las arregle como pueda.

Nosotros queremos un país donde a los que produzcan y creen riquezas les vaya bien, paguen buenos salarios, ganen dinero y lo inviertan para seguir creciendo. Tenemos que generar la conciencia en el Estado de que el pago de impuestos debe verse reflejado en la vida cotidiana y, que en el caso de funcionarios sobre los que pesen sospechas de utilizar fondos públicos para fines personales, aplicar un castigo inmediato.

Al pensar un sistema fiscal, lo que pensamos es cómo financiar las prioridades públicas.

En la mayoría de los países de economía compleja, el impuesto a las rentas es el más progresista. Lo mismo tiene que pasar acá. Es la gran reforma pendiente y se puede hacer. El tema es cómo se hace. La clave está en la gradualidad.

Estamos convencidos de que no puede haber un sistema tributario igual para las pequeñas, las medianas y las grandes empresas. No puede ser lo mismo la carga para una multinacional con tres mil empleados que para una pyme que tiene diez, quince o veinte. No es posible que la dueña de una PYME de ganancias modestas, pero con facturación que excede los límites del monotributo, tenga que pagar por ganancias la misma tasa impositiva que un banco: el 41,5% sobre la Ganancias (con el agravante del no ajuste por inflación, que a veces grava ganancias puramente contables).

Vivimos en un país en el que la renta financiera no paga impuestos, pero donde la PYME y el trabajo de salarios razonables tiene tasas impositivas por encima del 30%. Son asimetrías inconcebibles. Es indispensable actualizar los mínimos no imponibles. Subir el mínimo no imponible es proteger los sueldos, quitarle angustia a la gente y hacer justicia. En nuestro programa “Producir Tiene Premio” contamos cómo es el sistema tributario que imaginamos, con un “impuesto al ingreso” que grave las ganancias empresariales, los ingresos salariales y los provenientes de renta con una escala progresiva.

Incluso no puede haber un mismo sistema tributario en cualquier lugar del país. Porque no se produce, industrializa ni comercia en todo el país en las mismas condiciones. Creemos en el fomento estatal, de manera inteligente, de economías regionales que tengan menos ventajas naturales. Y creemos que la manera de hacerlo es reduciendo costos: de infraestructura, de crédito pero también costos impositivos.

El esquema tributario no debe afectar aquello que nos hace avanzar e innovar, y no tiene que ser un ahogo para los argentinos. ¿Por qué gravar las transacciones por vía bancaria, que es la manera de pagar de la época? Para empezar, mientras se elimina el “impuesto al cheque” en la medida que lo permitan las cuentas fiscales, vamos a desgravar y dar incentivos al dinero digital, como explicamos en nuestra propuesta “El dinero del futuro”. De ese modo favoreceremos la bancarización, mejoraremos la seguridad ciudadana y permitiremos a todo vendedor de bienes o servicios el cobro digital evitándose costosos cargos que imponen los sistemas de tarjetas de crédito y débito.

Somos muy comprensivos con los nuevos emprendimientos económicos de baja escala de capital. Nos gustaría, a través de acuerdos con provincias y municipios, posibilitarles un primer año de actividad a muy baja tasa de tributación y un segundo año transicional.

No es explicable como recurso permanente el impuesto a la exportación. No existe en otras partes del mundo porque no es un impuesto razonable. Con responsabilidad, deben ir eliminándose las retenciones. Eliminaríamos retenciones a todas las economías regionales. Con pautas diferenciadoras en maíz y trigo, para generar una reducción paulatina y, en el caso de la soja, buscando una reducción más rápida para pequeños y medianos productores y para zonas con mayor costo de transporte.

Puede haber una discusión fina y razonable sobre los niveles arancelarios, pero nadie puede pensar que es posible invertir, especialmente invertir para exportar, si no es posible anticipar cuál será la posibilidad de acceso a insumos importados, hoy dependientes de una decisión burocrática. Tenemos que remover de inmediato todas las trabas cuantitativas para importar y para exportar.

En particular: si hay algo que trae progreso es la tecnología. Al tiempo que desarrolla sus industrias tecnológicas, las empresas y consumidores argentinos tienen que poder acceder a tecnología a precio internacional. Pretender que hay un conflicto entre el desarrollo de tecnología local y la incorporación de tecnología es no entender el mundo moderno: se necesita tecnología para desarrollar tecnología. Por supuesto, la producción nacional de tecnología es una prioridad, pero su fomento no puede ser a costa del aumento de precios locales por encima de los que rigen en otras partes del mundo.

No es posible que los sectores más vulnerables paguen IVA. Proponemos que con la tarjeta de la Asignación por Hijo automáticamente haya un descuento en productos de primera necesidad, en alimentos saludables, en remedios y en útiles escolares, para garantizar que la ayuda que brinda el Estado no sea carcomida por el impuesto al valor agregado. Y, como planteamos en nuestro programa “Juntos en Blanco”, los informales que sean contratados por una empresa privada no pagarán aportes ni contribuciones.

 

Síntesis

Bajar la inflación, unificar progresivamente el mercado de divisas, equilibrar las cuentas públicas, eliminar las retenciones a las economías regionales y los productos tecnológicos, terminar con las trabas a las exportaciones y favorecer el ingreso de capitales para llevar adelante un shock en infraestructura: sobre esos seis pilares se va a recuperar la economía. 

Si hiciésemos una combinación de oportunidades y recursos, la Argentina es uno de los países del mundo que tienen mayores posibilidades de progresar en las próximas décadas. Muchas de las oportunidades desaprovechadas felizmente siguen ahí. Pero aprovecharlas requiere decisión y requiere habilidad.

El desafío, entonces, es de naturaleza política: debemos elegir y construir un gobierno que sea capaz de reinsertar a la Argentina en el siglo XXI.