La propuesta

Un rasgo definitorio del populismo es el de sacrificar el futuro en nombre del presente. Nada hay más egoísta con nuestros hijos y nietos que el populismo: pan para nosotros, hambre para ellos. Cuando hablamos de la importancia de la inversión, hablamos de la importancia del futuro.

La inversión es la garantía del futuro. A su vez, tener una idea clara del futuro es decisivo para despertar la inversión, alicaída hace años en la Argentina. Ese es el círculo virtuoso que queremos generar, con reglas previsibles y oportunidades de inversión: un panorama claro de la Argentina de las próximas décadas para que la Argentina de las próximas décadas sea una de progreso.

 

Desde el primer día del nuevo gobierno tenemos que dar señales precisas de la nueva Argentina. Las estadísticas reflejarán lo que pasa y la información va a ser accesible. Las reglas de juego van a ser estables; acompañaremos con leyes y políticas coherentes a un país que quiere ser confiable, porque es imposible pensar en prosperar sin crear confianza: ese es el principal activo que les puede ofrecer un Estado a sus emprendedores, a sus ciudadanos y a sus inversores.


 

La inversión necesita un futuro y lo provoca

La inestabilidad y la desconfianza que inspira hoy la Argentina se materializan en primas de riesgo que triplican a las de nuestros vecinos y que actúan como un freno a la hora de decidir inversiones.

Ser un país previsible es una decisión. Y esto se logra con instituciones transparentes a lo largo del tiempo, con un gobierno coherente que lo que diga hoy sea lo que se cumpla mañana, donde el presidente no busque enemigos, sino que convenza a inversores.

Hace varios años que el mundo no elige a nuestro país para invertir. Nos preocupa mucho, pero mucho más nos preocupa que los propios argentinos, muchos de ellos con dólares ahorrados en cajas de seguridad, colchones o cuentas en el exterior, no confíen en su propio país para invertir. Y más nos entristece que ese comportamiento sea en realidad el resultado de una verdadera tontería por parte del gobierno: ¿cómo es posible que a quien quiera poner un dólar a producir le paguemos por ese dólar menos pesos de lo que en realidad vale ese dólar en el mercado? Nadie es tan tonto como para perder, en un instante, un 30% de su riqueza.

Si nos preguntan por el gran objetivo de nuestro gobierno, sería este: convertir esos dólares ahorrados de los argentinos en fábricas, en máquinas, en start-ups tecnológicos, en infraestructura, en todo eso que garantiza el futuro de nuestro país y que tiene para todos, los que invierten esos dólares y el propio país, un rédito mucho mayor que ese dinero ocioso en un cajón o recibiendo un levísimo interés en un banco norteamericano.

La Argentina de hoy no es atractiva para las inversiones y no es muy difícil encontrar las razones por las que los que deciden miran para otro lado. Entre los países de la región, el nuestro se encuentra en el quinto lugar entre los que reciben inversión extranjera directa, a pesar de ser la segunda economía. El blanqueo presentado en 2013 no le sirvió a la economía; la Argentina es un país menos confiable para las inversiones serias y de largo plazo y más atractiva para los capitales furtivos, producto de actividades ilícitas reprobadas en todo el mundo.

Tenemos que cambiar la imagen negativa que fue construyendo nuestro país en estos años. Y sabemos positivamente que los demás países lo están esperando. Las reglas claras, el cumplimiento de los acuerdos y el fin de una política exterior errática son fundamentales para obtener resultados en los dos principales desafíos que tiene la Argentina en el mundo: conquistar mercados y atraer inversiones.

 

Conquistar el mundo con inversión

Tenemos que ver al mundo como una oportunidad y no como una amenaza. Y ver a los países que han abierto inteligentemente su economía, como aliados potenciales para crecer y no como enemigos externos que se quieren aprovechar de nosotros. Porque, por supuesto, en el medio va a haber un Estado con un plan de desarrollo y una estrategia que beneficie a todos los argentinos.

En una economía cerrada, donde la inversión extranjera directa se concentra en industrias sustitutivas de importaciones y cuyo objeto es el mercado interno, la consecuencia inevitable es el déficit de balanza comercial y la disminución de las reservas por la necesidad de acceder a insumos importados, por un lado, y por la transferencia de utilidades al exterior, por el otro. Así funcionó durante años, y los resultados no fueron buenos.

Una política seria de inversiones (extranjeras o nacionales) en una diversidad de productos de origen geográfico diferenciado que hoy cuentan con mercados crecientes y precios ventajosos nos obligará a montar una infraestructura adecuada, a generar profesionales, a pensar el crecimiento de pequeños pueblos actuales que pueden convertirse en ciudades medianas, dinámicas, sostenibles e integradas al mundo en poco tiempo.

La industria Mendoza es un buen ejemplo de ello: la inversión extranjera directa de los principales actores de la industria del vino generó miles de puestos de trabajo en la construcción de bodegas, equipamiento y un creciente flujo exportador, con la consecuente generación de divisas. La Argentina triplicó sus exportaciones de vino porque la inversión extranjera no llegó para ocupar mercado interno en una economía cerrada, sino para hacer un buen producto que se pudiera vender al mundo.

Ha pasado en diversos rubros, pero siempre limitados. Para esto es indispensable un tipo de cambio competitivo, que sólo se puede sostener en el tiempo con una economía estable y un manejo fiscal prudente. Y, por supuesto, la inflación es el peor enemigo de la integración de nuestra economía al mundo: la hace inviable.