Política y gobierno

SOBRE ACUERDOS, GOBERNABILIDAD Y ALTERNANCIA POLITICA

La propuesta

La alternativa de gobierno que la Argentina necesita no puede concebirse como una coalición antiperonista o antikirchnerista; sería un grave error. Tiene que estar unida por un proyecto para el país que todos sus componentes puedan compartir. Es decir, tiene que ser políticamente coherente para ser duradera y útil. Está claro también que a la Argentina le falta recorrer un largo camino en la cultura democrática. Ese es otro desafío que queremos asumir.

Nuestra posición se resume muy fácilmente: después de las elecciones de 2015, no va a haber gobierno de un solo partido. Habrá que alcanzar acuerdos. Por eso es mejor establecer un camino claro antes de las elecciones que después de ellas. Tenemos que contagiar la esperanza de que podemos tener una democracia con más calidad. Y que esa calidad les va a dar mejores derechos y más bienestar a los ciudadanos.


 

Acuerdos para gobernar: el desafío de la nueva mayoría         

El próximo presidente tiene que asumir con un acuerdo de gobernabilidad previo que asegure mayoría parlamentaria con las otras fuerzas políticas y un programa común, por lo que tiene que ser un líder que crea profundamente en eso y que lo lleve a la práctica. No tener las mayorías de por sí no debería ser algo malo; es más: creo que es bueno si lo miramos pensando en la nueva Argentina que queremos.

Si repasamos cuáles fueron los mejores años del kirchnerismo, vemos que sin duda fueron 2003, 2004 y 2005, cuando no tenía mayoría, cuando tenía el 22% con el que había ganado las elecciones. Fueron los mejores años porque tenía que acordar, que dialogar, que escuchar y respetar la opinión del otro.

Una mayoría abrumadora y excluyente, sin disposición de diálogo, puede servir a dos fines muy destructivos para nuestra democracia: cambiar de régimen y no aceptar controles. Además de ganar en las urnas, la nueva mayoría tiene que poder sostener un gobierno y eso exige dos cosas. La primera, coherencia programática: señalar un camino, compartir objetivos y comprometerse en las principales medidas de gobierno. Y la segunda, conciliar las diferencias ideológicas que inevitablemente se darán dentro de esa mayorías. Los instrumentos para conseguir esos objetivos pueden ser múltiples y los acentos en cada tema, distintos; pero debemos ponernos de acuerdo en ese rumbo y avanzar sin perder tiempo.

El desafío es compartir un programa de gobierno sin que nadie tenga que renunciar a sus convicciones. Así es como se sostienen gobiernos plurales como la coalición que hoy gobierna en Alemania o en países vecinos, como Chile, Brasil y Uruguay.

El marco programático debe tener como eje revertir nuestras malas herencias culturales, consolidar la República y los controles, perfeccionar nuestro sistema político para facilitar la alternancia en todos los niveles de gobierno, dotar de estabilidad macroeconómica al país e impulsar una reforma fiscal.

Cualquier acuerdo electoral tiene que llevar incorporado un acuerdo de gobierno; para eso estamos trabajando junto los equipos porque creemos que, de otra manera, no vale la pena.

Tenemos que hacer como los chilenos cuando construyeron la Concertación hace muchos años, después de Pinochet: optaron por una metodología en la discusión del acuerdo de gobierno en la que dejaban las diferencias a un costado para avanzar en las coincidencias. Luego, con las coincidencias ya asentadas, iban en búsqueda de las diferencias, pero después de haber armado un camino de puntos en común que determinaban su fortaleza.

En diciembre de 2015 va a haber un presidente, pero también va a haber un equipo, un gobierno, reuniones de gabinete y cientos de colaboradores que van a tener la responsabilidad de aportar, de decir, de trabajar.

 

¿Se puede gobernar con el peronismo en contra?

Si bien creemos que hay que diferenciar al PJ, como estructura, del ciudadano peronista, debemos saber que hay un conjunto de factores que determinarán el comportamiento del peronismo y de un gobierno no justicialista. Un gobierno que tenga políticas sociales a favor de los trabajadores no tiene que temerle ni al sindicalismo ni al peronismo, porque no van a poder estar en contra de ese gobierno, que va a estar a favor de los trabajadores.

Estamos seguros de que todos los argentinos ya sabemos las consecuencias de las acciones desestabilizadoras de un sector del peronismo y estamos no solo con las antenas alertas para detectar ciertos movimientos, sino que sabemos que, después de treinta años de democracia, no hay boicot que pueda condicionar a un gobierno.

Para que los boicoteadores queden solos en su intento hacen falta dos cosas: hablar claro desde el primer día y poner siempre la ley por delante. De hecho, creemos que nos vamos a sorprender con un peronismo que, auditando el sentir popular, hará una nueva y necesaria renovación en sus filas.

Otros nos preguntan si el próximo gobierno va a poder remover a todos los jueces que puso el kirchnerismo para garantizarse la impunidad. Les decimo que sí, porque el que gane va a tener que tener, mediante los acuerdos, mayoría para llegar y mayoría para gobernar. Y esa mayoría basada en la diversidad, que se verá reflejada en el Congreso y en el Consejo de la Magistratura, va a estar respaldada sólidamente por la sociedad.

El radicalismo debe vertebrar una alternativa amplia y sólida para gobernar la Argentina. Queremos un partido que ambicione el poder para gobernar el país y transformarlo, y para eso el radicalismo no debe ser una expresión testimonial, sino que tiene que lograr los acuerdos para ganar en las urnas. Todos tenemos activos y deudas históricas, pero más fuerte que esto es que ahora es tiempo de grandezas. Asumamos este desafío con determinación y conciencia.

 

Objetivos en común

El próximo gobierno va a recibir un país con diez millones de pobres; la educación pública, por el suelo; el federalismo, destruido. Cuando el próximo presidente se siente en el sillón de Rivadavia,  se va a encontrar con una Argentina aislada del mundo, con una matriz de corrupción que sobrepasó lo imaginable.

Nuestra obligación es transformar esa mayoría social a favor del cambio, que ya existe, en una mayoría política que pueda gobernar y saque a la Argentina de este laberinto sin fin en que nos han metido.

La UCR tiene una gran responsabilidad y es quien debe vertebrar este acuerdo e impulsarlo. Desde el radicalismo siempre hemos estado al servicio del país y de la forma republicana. Debemos tener en claro que, cuando decidimos constuir una gran coalición, estamos haciendo un acto de renunciamiento individual en pos de un objetivo común.

Vamos a cumplir con este objetivo primordial: en agosto de 2015 los argentinos tendrán, después de muchos años, una alternativa real al peronismo que sea opción de poder, de gobierno y de transformación. Sabemos que no es fácil, pero trabajamos para eso. Tenemos que romper prejuicios y animarnos.

 

La alternancia política como clave para una democracia de calidad

La falta de alternancia es el comienzo de casi todos los vicios políticos porque el mismo grupo político en el poder se vuelve más propenso a los abusos. La calidad democrática se basa como primera instancia en el respeto por la concepción republicana, que no significa solo la separación de los poderes del Estado. La alternancia condiciona para el bien de los ciudadanos los actos de gobierno porque le impone al partido en el poder, en un cierto tiempo, una rendición completa de cuentas.

No hay que tenerle miedo a la alternancia. Es la única forma de hacer una democracia más fuerte, con más ciudadanos involucrados, pensando, gestionando, proponiendo y controlando. La alternancia en los gobiernos amplía los lugares desde donde hacer política; buena política.

Los países que carecen de una visión común a largo plazo, entre los que lamentablemente se encuentra la Argentina, “crisis” es sinónimo de “corte abrupto de un ciclo institucional” y el éxito económico trae aparejado el intento de continuidad más allá de los tiempos constitucionales.

Ocho provincias argentinas, desde el año 1983 hasta el 2011, fueron gobernadas por el mismo partido durante siete períodos: veintocho años bajo el mismo signo político y muchas veces, como es el caso de Formosa desde 1995, con el mismo gobernador. La derrota electoral del kirchnerismo en 2013 fue lo único que pudo detener sus ansias de reformar la Constitución, como lo hizo cuando gobernaba la provincia de Santa Cruz.

Las reelecciones indefinidas en sociedades con poco desarrollo del sector privado y dependientes del empleo público convierten a los ciudadanos en vasallos de un nuevo feudalismo en que lo más necesitados son rehenes del gobernante, que cambia apoyo estatal por votos. Impedir esta perpetuación en el poder es un pasaporte para la libertad y el progreso de nuestros compatriotas en las provincias más pobres de la Argentina.

La clave del éxito para reconstruir la democracia pasó por el equilibrio parlamentario, el diálogo interpartidario y la clara priorización de un objetivo común para todos: hacer de la democracia un valor permanente, inmutable e inalterable, sea quien fuere el que esté sentado en el sillón de Rivadavia.

Hay que tener precaución extrema con los modelos hegemónicos. No importa a qué ideas respondan, la consolidación de estructuras partidarias que se adueñan del poder estatal corroe las democracias, sobre todo si se carece de instrumentos de control adecuados. La alternancia es un antídoto a la búsqueda de impunidad que abunda en nuestros días. La Argentina que viene puede tener diferentes perfiles políticos y hay de hecho una multiplicidad de liderazgos posibles. Puede haber diversas opciones con respecto a la administración de la política económica y las estrategias de inserción en el mundo; pero hay una condición ineludible para el éxito: la recuperación de los valores republicanos.